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viernes, 1 de mayo de 2015

Jésed: una perspectiva de la ética judía


El comportamiento ético del ser humano puede considerarse la esencia del judaísmo. Los ritos, las plegarias, las normas, mitsvot y tradiciones se convierten en engranajes, estructuras de apoyo para que las acciones humanas converjan en un comportamiento moral coherente, capaces de contribuir a la preservación y evolución de la humanidad. Desde la perspectiva judía el Ser Supremo creó al hombre con el fin de que éste, con sus actos y obras, complete la Creación Divina. Por ello lo creó a su “imagen y semejanza”. Y en esta “alianza” de colaboración Dios-Ser Humano, le corresponde al hombre imitar Su bondad, Su sabiduría creativa, Su misericordia, que para ello fuimos creados a su semejanza. Esa es nuestra responsabilidad como seres humanos.

El obrar correcta y éticamente no debería entenderse como un acto encomiable digno de alabanza, ni mucho menos como una estrategia para ganar la “eternidad” en el “mundo venidero”, sino como un mero acto de responsabilidad. A partir de esta premisa se entiende que el ser humano es de esencia divina, y como tal, sagrado, inestimable y único. El Talmud, ese gran compendio del pensamiento judío, esclarece que “el ser humano fue creado a partir de un único hombre, Adam, con el fin de ilustrar que ‘quien destruye una vida humana es considerado como si hubiera destruido un mundo entero’.” Por el mismo motivo ni un humano, pueblo o civilización, puede considerarse mejor o superior a otro; todos tenemos el mismo y único origen

El proceder ético, entonces, se convierte en el principal precepto judío, que emana de la misma palabra de El Eterno, a través de la Torá: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, está escrito en su tercer libro, Vayikrá (19/18). En el Talmud se relata que el gran sabio Hilel fue retado a pronunciar toda la Torá o Ley judía, sobre un solo pie, a lo que respondió: “No hagas a otros lo que no quieras para ti. Esto es toda la Ley; lo demás es comentario” (Hilel, Shab 31a). Este pronunciamiento, otro enfoque del versículo anterior, subraya cuán importante es, en el proceso que le toca vivir a la humanidad, guardarse de actuar mal, de ultrajar o herir al prójimo; y desde una perspectiva positiva, actuar responsablemente, con amor y bondad, esto es, con Jésed. Otro sabio del Talmud, Rabí Akiba, sostenía que el mandamiento de amar al prójimo era la esencia misma de la Torá, porque equipara el sentimiento de amor humano con el amor de El Eterno, quien ama a los hombres. “Bueno es el Eterno para con todos, y Su misericordia está en todas Sus obras” proclama el Salmo (Tehilím, 145/9).

El gran sabio judío RaMBaM/Maimónides (siglo XII e.c.) alegaba que los valores morales fueron otorgados por El Eterno al Pueblo de Israel para beneficio de la humanidad entera, y que su puesta en práctica no podía ser optativa. La propia Torá enfatiza: “Guarda y obedece todas estas palabras que yo te mando, para tu bien y el de tus hijos después de ti, para siempre, haciendo lo bueno y recto ante los ojos de El Eterno tu Dios”(Devarím 12/28). Algunos capítulos después, agrega: “Porque este mandamiento cuya observancia te ordeno hoy, no te es oculto ni está lejano… No está en el cielo… ni está al otro lado del mar… sino que la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas por obra” (30/11-14). Y el profeta Amós reafirma “Aborreced lo malo, amad lo bueno y restableced la justicia en la puerta” (Amós 5/15).

El Jésed se corona como pilar de la ética judía. Podría traducirse como compasión, un término que en lengua castellana es reconocido como valor universal transmitido por distintos cultos, especialmente los orientales. No obstante, la palabra hebrea Jésed reúne, en un solo término lingüístico, más que una sola definición. En una sola expresión se fusionan amor, bondad, la compasión. Es, para el judaísmo, el proceder ético hacia el sufrimiento ajeno: la pasión de la compasión, que se manifiesta como una bondad compartida por quien la da y quien la recibe.

Para Maimónides, Jésed se refiere a las buenas acciones que están por encima de lo que un contrato o una ley instituyen. Quien actúa con Jésed incluso beneficia a otra persona por encima de lo que puede ser merecedora. Otro gran filósofo judío de origen español, Rabi Yehudá Haleví, afirma que Guemilut jasadím (el acto de bondad-compasión) es el primer escalón en las relaciones humanas para luego construir una sociedad más justa, ordenada y armoniosa. Es, por tanto, el fundamento del Tikún Olam, la “reparación del mundo”: su práctica procura lograr la perfección del mundo, erradicando las secuelas sociales negativas. “Letakén olam bemaljut Sha-day” se enuncia en las plegarias matutinas (Shajarit): “corregir el mundo bajo la soberanía del Todopoderoso” lo que se entiende en la Cabalá como que el mundo creado por el Eterno no fue concluido a plenitud; nosotros, los humanos, debemos completarlo y, por tanto, somos responsables de su corrección.

El judaísmo afirma que cualquier ser humano puede ser capaz de practicar el bien, ser justo, y tener compasión. En la cultura judía ashkenazí existe una expresión popular, el “mentsh”, que se podría traducir por “ser hombre, ser persona”, que es la posibilidad de una actitud positiva y benévola, y que depende de la motivación, cuando los acontecimientos circundantes más bien justificarían actitudes negativas. Poner en práctica el “mentsh” significa actuar por el bien y la armonía, sin especular en beneficio propio. De todas esas actitudes, tener compasión se convierte en la habilidad del “mentsh”, al reconocer que el semejante es tan imperfecto como uno mismo, pero que puede, como uno mismo, aspirar a la facultad de transformarse y perfeccionarse. Quien así actúa sabe que los demás lo pueden considerar tonto, ingenuo, pero a pesar de ello, actúa según su conciencia. Para el “mentsh” la compasión no es tener lástima, sino la altura de miras para poder percibir las cosas con armonía, exquisitez y hasta con humor. Así, “mentsh” amalgama las actitudes de bondad, justicia, compasión, practicar, ser y tener, lo que en el léxico hebreo se resumiría en Jésed: la receta judía para que la vida se torne más bella.

Al judaísmo se le ha señalado como la religión de la Justicia, y a su visión Divina como el Dios de la Justicia. Pero al mismo tiempo, para el judaísmo no puede existir la justicia verdadera si no va acompañada de la compasión; de saber distinguir entre el error y la alevosía, entre la coacción y la libertad de acción. Los atenuantes se toman en la ley judaica en consideración, a la hora de juzgar.

La Cabalá (en la que Jésed corresponde a una de las “sefirot”, emanaciones de esencia Divina) hace patente que Dios, durante el génesis de la Creación sabía que si creaba un universo en el que el ser humano sería juzgado únicamente según los méritos de sus acciones e intenciones, éste no tendría posibilidad de existir. Por ello, Dios fusionó la justicia con la compasión y, así, pudo crear al mundo y a las criaturas que lo habitan. La Justicia quedaría reflejada en el orden natural de las cosas, y la compasión, a través de los milagros. RASHI, uno de los grandes exégetas bíblicos, lo explica de esta manera: en el Bereshit (Génesis) está escrito, “Al principio creó Elo-him (Dios) los cielos y la tierra…” y no está dicho “creó Adon-ay” (El Eterno, Ser Supremo). ¿Por qué? Porque ante el Creador surgió la idea de crear un mundo con la virtud de la Justicia, y el término Elo-him connota, precisamente, justicia. Pero consciente de la imposibilidad del ser humano de cumplir los preceptos de la justicia Divina más estricta, la asoció con el atributo de la misericordia, que queda denotada en su apelativo de mayor magnitud “Y-H-V-H” (El Ser Eterno). Por ello, un pasuk posterior proclama: “El día en que Creó Y-H-V-H- (Adon-ai), Elo-him la tierra y los cielos”, fusionando así, con sus nombres, Justicia y Compasión.

El Jésed no consiste en una piedad extrema, lo que podría desembocar en un acto contrario a lo que se intenta reparar, en un retroceso moral. Cada ser humano debe ser juzgado por sus actos, especialmente en beneficio del perjudicado. Ningún acto de Jésed puede obrar en perjuicio de la víctima. El pensador judío Ajad Haam, en su ensayo La vara de la justicia y la vara de la piedad (1891) expone las diferencias que pueden surgir entre el atributo de la justicia y el atributo de la piedad: la justicia juzga un acto por el acto en sí, y toda causa queda conceptuada a raíz del efecto que produce. La piedad no, ésta detiene su juicio en la identidad del ejecutor, y juzga a los efectos por su causa. Por ello este filósofo llega a la conclusión de que juzgar con extrema piedad es un desvío, de modo que el progreso moral no se basa en la misericordia, sino en «la vara de la justicia», lo suficientemente depurada como pueda ir alcanzándose a través de los tiempos, incorporando en sí los aspectos compasivos a tener en cuenta.

Es imprescindible, finalmente, tomar en consideración otros dos aspectos del Judaísmo involucrados con la compasión: no puede existir discriminación alguna en cuanto al actuar compasivamente. En la Torá se insiste que el menesteroso de cualquier otra nación también debe ser tratado con piedad, alimentado y vestido junto con el pobre de Israel. Es más, no solo compasión se le pide al hijo de Israel con relación al extranjero, sino amor: “Amad, pues, al extranjero, porque extranjero fuisteis en la tierra de Egipto” (Devarím, 10/19).

Por otro lado, el comportarse compasivamente con el prójimo que lo necesita, tiene el poder de expiar las transgresiones. Toda compasión desinteresada, al final, redundará en beneficio de quien la pone en práctica. Se cuenta en un relato talmúdico que Rabí Yehoshúa ben Jananiá, al pasar cerca del Monte del Templo en ruinas, se lamentó: “¡Ay de nosotros, porque el lugar en el que podíamos expiar nuestras transgresiones está en ruinas!” La respuesta de su acompañante, Rabí Yojanán ben Zacai, uno de los mayores educadores del Judaísmo, fue: “No desesperes, hijo mío. Aún poseemos un medio por el cual expiar nuestras transgresiones, que equivale a ese lugar. ¿Sabes cuál? Hacer actos de misericordia, como está escrito: ‘Porque quiero Jésed, no sacrificio...’” (Hoshea 6/6).