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jueves, 13 de agosto de 2015

LAS SIETE CONDICIONES PARA UN VERDADERO N'TZER

Este es un tratado que deberá ser analizado con plena conciencia de lo que las Enseñanzas del Rayebda norman en cuando a ser un genuino  Shaliaj del Mashíaj de Israel, con demostración del Poder de Elohim operando a través de vuestra vida a tiempo y fuera de tiempo! Estúdialo para ayudarles a otros a comprender el COSTO DE UN VERDADERO (נצר) N’TZER.
El Autor


Un verdadero Talmid (תלמיד) de Yeshua N’tzer es aquel que tiene una entrega absoluta a la voluntad del Eterno. El Rav no está buscando personas que le dediquen a Elohim sus tardes libres, sus fines de semana o sus años de jubilados. Él busca personas dispuestas a darle al Bore Olam el primer lugar en su vida. “Él busca, y siempre ha sido así, no multitudes que van a la deriva y sin propósito en su camino, sino varones que individual y espontáneamente se consagran a la Avodáh HaShem por haber reconocido que Adonai es el creador del universo y el Elohim de Israel y que estén dispuestas a seguir en el sendero de la negación personal por el que Él caminó primero y puso frente a nosotros como modelo de vida.” (Sal 85:10-13)

La única respuesta adecuada a las enseñanzas del Rayebda y a su  sacrificio en el Gal Goatáh es la rendición incondicional a su doctrina, la cual exige una entrega total a la voluntad del Eterno y la práctica consiente de la Toráh. Un amor tan maravilloso como el del Eterno por su pueblo, no puede ser satisfecho con algo menos que la entrega total de nuestra vida, nuestra alma, nuestro todo… así está escrito. (Dv. 6:5)

Yeshua Rabenu planteó exigencias rigurosas a los que iban a ser sus Talmidim, demandas que han sido totalmente olvidadas en estos días de vida materialista. Con mucha frecuencia se considera como un escape del infierno y una garantía del cielo aceptar una religión. Aún más, muchos piensan, que tiene perfecto derecho a disfrutar de las riquezas  de esta vida. Aunque muchos leen en la Biblia versículos que hablan fuerte acerca del Talmid, pero nos parece difícil conciliarlos con nuestras ideas acerca de lo que debe ser un verdadero Talmid.

Aceptamos que los soldados entreguen sus vidas por razones patrióticas. No nos extraña que los hombres pongan su vida por ideologías políticas. Pero que la característica de la vida de un seguidor del Rayebda sea “sangre, sudor y llanto por amor a HaShem”, nos parece remoto y difícil de asimilar. Sin embargo, las palabras de Yeshua, son bastante claras. No hay el más mínimo lugar para malinterpretarlas si las aceptamos en su verdadero valor.

CONDICIONES PARA SER UN TALMID TAL COMO LAS DIO YESHUA RABENU

1. UN AMOR PROFUNDO POR HASHEM.


Si alguno viene a mí pero ama  a su padre, y a madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, más que a El’, no puede ser mi Talmid” (Lucas 14:26)

Esto no quiere decir que debamos tener indisposición o mala voluntad en nuestro corazón hacia nuestros familiares, sino que nuestro amor a Elohim debe ser tan denotado que en comparación, todos los demás afectos sean desplazados a un segundo lugar. Así está escrito: “Amarás a Adonai tu Elohim con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu fuerza.” (Dv. 6:5.) En realidad la parte más difícil de las palabras de Yeshua es la expresión “y aún su propia vida”. El amor propio es uno de los obstáculos más persistentes para ser un talmid. Mientras no estemos dispuestos a ofrecer voluntariamente nuestra vida a disposición del Eterno, no estaremos en el lugar donde Yeshua desea que estemos.

2. UNA NEGACIÓN DEL YO.

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo...” La negación del Yo no es lo mismo que la abnegación. Esto último significa privarse de algunas comidas, placeres o posesiones. La negación del Yo es una sumisión tan completa a la soberanía de HaShem, (como lo hizo Yeshua) que el Yo no tiene derechos ni autoridad alguna. Significa que el Yo abdica del trono. Alguien lo expresó así: “Señor, no permitas que tenga voluntad propia ni considere que mi felicidad depende en lo más mínimo de las cosas que pueden sucederme exteriormente, sino que descanse completamente en tu voluntad.”

3. ELECCIÓN DELIBERADA DEL MADERO Y LO QUE ELLO SIGNIFICA.

Si alguno quiere venir es pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su madero, y sígame”. (Matityah 16:24)

Tomar el madero no se refiere a padecer una enfermedad física o angustia mental, puesto que estas cosas son comunes a todos los hombres. El madero es una senda escogida deliberadamente. Es un “camino que tal como el mundo lo considera es una deshonra y un reproche.” Es una aceptación voluntaria del sacrificio y la desinstalación por amor a Hashem y al prójimo, conforme al ejemplo de nuestro Rav.

El madero es el emblema de la persecución, la vergüenza y el abuso que el sistema romano cargó sobre Nuestro Rav y que el sistema corrupto de los hombres cargará sobre todos aquellos que elijan ir contra la corriente. Cualquier creyente puede evitar el madero conformándose al sistema y a sus caminos, pero no un verdadero Talmid. Yeshua nos dio ejemplo de sumisión a la voluntad del Padre en cualquier circunstancia “Padre, si es posible remueve esta copa de mí. Verdaderamente que no se haga como yo deseo, sino según Tu voluntad”  Matityah. 26:39

4. UNA VIDA DE IMITACIÓN A RAYEBDA.

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su madero, y sígame”.

Para comprender lo que esto significa conviene preguntarse: ¿Cuál fue la principal característica de la vida de Yeshua? Fue una vida de obediencia a la voluntad de Elohim, una vida de servicio desinteresado a los demás, una vida de paciencia y tolerancia ante los más graves errores. Fue una vida llena de celo y desgaste, templanza, mansedumbre, bondad, fidelidad y devoción. Para ser sus Talmidim debemos andar como Él anduvo. Debemos mostrar el fruto de nuestra semejanza en Rabenu.

5. UN AMOR FERVIENTE POR ISRAEL.

En esto conocerán todos que sois mis Talmidim, si tuviereis amor los unos con los otros” (Yohanan 13:35)    “No te vengarás, ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Adonai”.  Vay 19:18:


El seguidor del Yeshua, no solo ama a Hashem por sobre todas las cosas, también ama a su prójimo como a sí  mismo y a sus hermanos hasta el sacrificio Rabenu dijo: “nadie ama más a sus amigos que aquel que da la vida por ellos” y también: “un nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros”

6. PERMANENCIA CONTINÚA EN SU PALABRA.

Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis Talmidim”. (Yohanan 8:31)

El verdadero Talmid se caracteriza por la estabilidad. Es fácil empezar bien y lanzarse adelante a un deslumbramiento de gloria. Pero la prueba de la realidad del seguimiento es la resistencia hasta el fin. “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Elohim” (Lucas 9:62). La obediencia ocasional a la Toráh no sirve. Rabenu desea que los que le siguen lo hagan obedeciendo en forma constante y continuada las Mitzvot del Eterno.

7. RENUNCIA DE TODO POR SEGUIR A RABENU.

Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi Talmid” (Lucas 14:33)

Esta es, tal vez, la menos apreciada de las condiciones del Rayebda para seguirle, y se podría probar que es el texto menos apreciado de la Masoret. Los teólogos y entendidos pueden dar mil razones para probar que el texto no quiere decir lo que parece decir, pero los Talmidim sencillos lo reciben con ardor, aceptando que Yeshua sabía lo que quería decir. ¿Qué quiso decir con renunciar a todo? Significa el abandono de todas las posesiones materiales que no nos sean absolutamente necesarias y que se puedan usar en la extensión del Reino del Eterno.

El que renuncia a todo no se convierte en un despreocupado holgazán. Trabaja arduamente para proveer a las necesidades comunes de su familia y de sí mismo. Pero, como el fin de su vida es extender la doctrina de Rabenu, invierte en el Sh’lijud de su Rav todo lo que sobrepase sus inmediatas necesidades y deja el futuro en las manos de Elohim. Buscando primeramente el Maljut Shamaim y su Tzedaka, él cree que nunca le faltará nada, ni comida, ni vestido. Él no puede poner su confianza en dinero ahorrado cuando las ovejas perdidas de la casa de Israel están pereciendo por falta del conocimiento de la verdad, sin conocer el camino de regreso a casa. No quiere malgastar su vida acumulando riquezas que caerán en manos de ladrones y gusanos. Desea obedecer el precepto del Rav en contra del almacenar tesoros en la tierra. “Otra vez dijo a ellos, no acumulen tesoros en la tierra con el fin de que se lo coma la podredumbre y el gusano, o excaven los ladrones y se los roben.” (Mt. 6:19)  Renunciando a todo, ofrece lo que de todos modos no puede conservar y que ya ha dejado de amar.

Entonces tenemos que estas son las siete condiciones para ser un Talmid de Yeshua,  quien no las pone por obra podrá tal vez ser un buen creyente, pero jamás un Talmid. El que esto escribe comprende que al señalarlas se condena a sí mismo como un siervo inútil que es. Pero, ¿se suprimirá la enseñanza de nuestro Maestro por la incompetencia de sus talmidim? ¿No es verdad que el mensaje es más grande que el mensajero?

Recordemos que Elohim dejó oír su voz en el monte y dijo en forma audible “este es mi hijo en quien estoy muy complacido, a él oíd” ¿No es más correcto que Elohim permanezca como un ser veraz y todo hombre sea considerado mentiroso?  ¿No debemos de obedecerle y ser un verdadero talmid de Yeshua haciendo lo que él nos dijo y haciendo conforme a su ejemplo? ¿No diremos como aquel anciano, siervo fiel del Señor: “Haz tu voluntad, aun cuando para ello tengas que quebrantarme”?


Cuando hayamos confesado nuestro fracaso pasado, enfrentemos decididamente lo que el Rayebda pretende de nosotros y procuremos ser sus verdaderos Talmidim

viernes, 1 de mayo de 2015

Jésed: una perspectiva de la ética judía


El comportamiento ético del ser humano puede considerarse la esencia del judaísmo. Los ritos, las plegarias, las normas, mitsvot y tradiciones se convierten en engranajes, estructuras de apoyo para que las acciones humanas converjan en un comportamiento moral coherente, capaces de contribuir a la preservación y evolución de la humanidad. Desde la perspectiva judía el Ser Supremo creó al hombre con el fin de que éste, con sus actos y obras, complete la Creación Divina. Por ello lo creó a su “imagen y semejanza”. Y en esta “alianza” de colaboración Dios-Ser Humano, le corresponde al hombre imitar Su bondad, Su sabiduría creativa, Su misericordia, que para ello fuimos creados a su semejanza. Esa es nuestra responsabilidad como seres humanos.

El obrar correcta y éticamente no debería entenderse como un acto encomiable digno de alabanza, ni mucho menos como una estrategia para ganar la “eternidad” en el “mundo venidero”, sino como un mero acto de responsabilidad. A partir de esta premisa se entiende que el ser humano es de esencia divina, y como tal, sagrado, inestimable y único. El Talmud, ese gran compendio del pensamiento judío, esclarece que “el ser humano fue creado a partir de un único hombre, Adam, con el fin de ilustrar que ‘quien destruye una vida humana es considerado como si hubiera destruido un mundo entero’.” Por el mismo motivo ni un humano, pueblo o civilización, puede considerarse mejor o superior a otro; todos tenemos el mismo y único origen

El proceder ético, entonces, se convierte en el principal precepto judío, que emana de la misma palabra de El Eterno, a través de la Torá: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, está escrito en su tercer libro, Vayikrá (19/18). En el Talmud se relata que el gran sabio Hilel fue retado a pronunciar toda la Torá o Ley judía, sobre un solo pie, a lo que respondió: “No hagas a otros lo que no quieras para ti. Esto es toda la Ley; lo demás es comentario” (Hilel, Shab 31a). Este pronunciamiento, otro enfoque del versículo anterior, subraya cuán importante es, en el proceso que le toca vivir a la humanidad, guardarse de actuar mal, de ultrajar o herir al prójimo; y desde una perspectiva positiva, actuar responsablemente, con amor y bondad, esto es, con Jésed. Otro sabio del Talmud, Rabí Akiba, sostenía que el mandamiento de amar al prójimo era la esencia misma de la Torá, porque equipara el sentimiento de amor humano con el amor de El Eterno, quien ama a los hombres. “Bueno es el Eterno para con todos, y Su misericordia está en todas Sus obras” proclama el Salmo (Tehilím, 145/9).

El gran sabio judío RaMBaM/Maimónides (siglo XII e.c.) alegaba que los valores morales fueron otorgados por El Eterno al Pueblo de Israel para beneficio de la humanidad entera, y que su puesta en práctica no podía ser optativa. La propia Torá enfatiza: “Guarda y obedece todas estas palabras que yo te mando, para tu bien y el de tus hijos después de ti, para siempre, haciendo lo bueno y recto ante los ojos de El Eterno tu Dios”(Devarím 12/28). Algunos capítulos después, agrega: “Porque este mandamiento cuya observancia te ordeno hoy, no te es oculto ni está lejano… No está en el cielo… ni está al otro lado del mar… sino que la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas por obra” (30/11-14). Y el profeta Amós reafirma “Aborreced lo malo, amad lo bueno y restableced la justicia en la puerta” (Amós 5/15).

El Jésed se corona como pilar de la ética judía. Podría traducirse como compasión, un término que en lengua castellana es reconocido como valor universal transmitido por distintos cultos, especialmente los orientales. No obstante, la palabra hebrea Jésed reúne, en un solo término lingüístico, más que una sola definición. En una sola expresión se fusionan amor, bondad, la compasión. Es, para el judaísmo, el proceder ético hacia el sufrimiento ajeno: la pasión de la compasión, que se manifiesta como una bondad compartida por quien la da y quien la recibe.

Para Maimónides, Jésed se refiere a las buenas acciones que están por encima de lo que un contrato o una ley instituyen. Quien actúa con Jésed incluso beneficia a otra persona por encima de lo que puede ser merecedora. Otro gran filósofo judío de origen español, Rabi Yehudá Haleví, afirma que Guemilut jasadím (el acto de bondad-compasión) es el primer escalón en las relaciones humanas para luego construir una sociedad más justa, ordenada y armoniosa. Es, por tanto, el fundamento del Tikún Olam, la “reparación del mundo”: su práctica procura lograr la perfección del mundo, erradicando las secuelas sociales negativas. “Letakén olam bemaljut Sha-day” se enuncia en las plegarias matutinas (Shajarit): “corregir el mundo bajo la soberanía del Todopoderoso” lo que se entiende en la Cabalá como que el mundo creado por el Eterno no fue concluido a plenitud; nosotros, los humanos, debemos completarlo y, por tanto, somos responsables de su corrección.

El judaísmo afirma que cualquier ser humano puede ser capaz de practicar el bien, ser justo, y tener compasión. En la cultura judía ashkenazí existe una expresión popular, el “mentsh”, que se podría traducir por “ser hombre, ser persona”, que es la posibilidad de una actitud positiva y benévola, y que depende de la motivación, cuando los acontecimientos circundantes más bien justificarían actitudes negativas. Poner en práctica el “mentsh” significa actuar por el bien y la armonía, sin especular en beneficio propio. De todas esas actitudes, tener compasión se convierte en la habilidad del “mentsh”, al reconocer que el semejante es tan imperfecto como uno mismo, pero que puede, como uno mismo, aspirar a la facultad de transformarse y perfeccionarse. Quien así actúa sabe que los demás lo pueden considerar tonto, ingenuo, pero a pesar de ello, actúa según su conciencia. Para el “mentsh” la compasión no es tener lástima, sino la altura de miras para poder percibir las cosas con armonía, exquisitez y hasta con humor. Así, “mentsh” amalgama las actitudes de bondad, justicia, compasión, practicar, ser y tener, lo que en el léxico hebreo se resumiría en Jésed: la receta judía para que la vida se torne más bella.

Al judaísmo se le ha señalado como la religión de la Justicia, y a su visión Divina como el Dios de la Justicia. Pero al mismo tiempo, para el judaísmo no puede existir la justicia verdadera si no va acompañada de la compasión; de saber distinguir entre el error y la alevosía, entre la coacción y la libertad de acción. Los atenuantes se toman en la ley judaica en consideración, a la hora de juzgar.

La Cabalá (en la que Jésed corresponde a una de las “sefirot”, emanaciones de esencia Divina) hace patente que Dios, durante el génesis de la Creación sabía que si creaba un universo en el que el ser humano sería juzgado únicamente según los méritos de sus acciones e intenciones, éste no tendría posibilidad de existir. Por ello, Dios fusionó la justicia con la compasión y, así, pudo crear al mundo y a las criaturas que lo habitan. La Justicia quedaría reflejada en el orden natural de las cosas, y la compasión, a través de los milagros. RASHI, uno de los grandes exégetas bíblicos, lo explica de esta manera: en el Bereshit (Génesis) está escrito, “Al principio creó Elo-him (Dios) los cielos y la tierra…” y no está dicho “creó Adon-ay” (El Eterno, Ser Supremo). ¿Por qué? Porque ante el Creador surgió la idea de crear un mundo con la virtud de la Justicia, y el término Elo-him connota, precisamente, justicia. Pero consciente de la imposibilidad del ser humano de cumplir los preceptos de la justicia Divina más estricta, la asoció con el atributo de la misericordia, que queda denotada en su apelativo de mayor magnitud “Y-H-V-H” (El Ser Eterno). Por ello, un pasuk posterior proclama: “El día en que Creó Y-H-V-H- (Adon-ai), Elo-him la tierra y los cielos”, fusionando así, con sus nombres, Justicia y Compasión.

El Jésed no consiste en una piedad extrema, lo que podría desembocar en un acto contrario a lo que se intenta reparar, en un retroceso moral. Cada ser humano debe ser juzgado por sus actos, especialmente en beneficio del perjudicado. Ningún acto de Jésed puede obrar en perjuicio de la víctima. El pensador judío Ajad Haam, en su ensayo La vara de la justicia y la vara de la piedad (1891) expone las diferencias que pueden surgir entre el atributo de la justicia y el atributo de la piedad: la justicia juzga un acto por el acto en sí, y toda causa queda conceptuada a raíz del efecto que produce. La piedad no, ésta detiene su juicio en la identidad del ejecutor, y juzga a los efectos por su causa. Por ello este filósofo llega a la conclusión de que juzgar con extrema piedad es un desvío, de modo que el progreso moral no se basa en la misericordia, sino en «la vara de la justicia», lo suficientemente depurada como pueda ir alcanzándose a través de los tiempos, incorporando en sí los aspectos compasivos a tener en cuenta.

Es imprescindible, finalmente, tomar en consideración otros dos aspectos del Judaísmo involucrados con la compasión: no puede existir discriminación alguna en cuanto al actuar compasivamente. En la Torá se insiste que el menesteroso de cualquier otra nación también debe ser tratado con piedad, alimentado y vestido junto con el pobre de Israel. Es más, no solo compasión se le pide al hijo de Israel con relación al extranjero, sino amor: “Amad, pues, al extranjero, porque extranjero fuisteis en la tierra de Egipto” (Devarím, 10/19).

Por otro lado, el comportarse compasivamente con el prójimo que lo necesita, tiene el poder de expiar las transgresiones. Toda compasión desinteresada, al final, redundará en beneficio de quien la pone en práctica. Se cuenta en un relato talmúdico que Rabí Yehoshúa ben Jananiá, al pasar cerca del Monte del Templo en ruinas, se lamentó: “¡Ay de nosotros, porque el lugar en el que podíamos expiar nuestras transgresiones está en ruinas!” La respuesta de su acompañante, Rabí Yojanán ben Zacai, uno de los mayores educadores del Judaísmo, fue: “No desesperes, hijo mío. Aún poseemos un medio por el cual expiar nuestras transgresiones, que equivale a ese lugar. ¿Sabes cuál? Hacer actos de misericordia, como está escrito: ‘Porque quiero Jésed, no sacrificio...’” (Hoshea 6/6).

jueves, 16 de abril de 2015

Imitar la Bondad de Elohim

Nos perfeccionamos a nosotros mismos utilizando nuestro libre albedrío para asemejarnos a Elohim. Si bien el acto básico de utilizar nuestro libre albedrio nos asemeja a Elohim (Ver Nefesh HaJaim 1:1-3), también nos asemejamos a Él al actuar de manera similar a como Él actúa, el Dador perfecto. Elohim es infinito y no necesita nada de este mundo. Toda la creación es un acto altruista de amor y bondad. Así como Elohim es un Dador, nosotros también nos esforzamos por volvernos dadores.  Por esta razón, los actos de bondad son fundamentales para la vida judía.

1. Rambam (Maimónides), Sefer HaMitzvot, Mitzvá Positiva Número 8 – Ser como Elohim implica incorporar a nuestra personalidad Sus cualidades de carácter – la compasión, la gentileza y la rectitud.

Estamos obligados a semejarnos a Elohim en la medida de nuestras posibilidades, como está escrito: "Seguirás Sus caminos" (Devarim 28)…así como Elohim es compasivo, tú también debes ser compasivo. Así como Elohim es gentil, tú también debes ser gentil con los demás.

Al imitar los atributos de bondad de Elohim nos acercamos más a Él.

2. Devarim 13:5 con Rashi – Logramos apegarnos a Elohim a través de los actos de bondad.

Sigan al Eterno su Elohim… y apéguense a Él.

Rashi: "Apéguense a Él" – [esto significa:] apegarse a Sus atributos: hacer el bien a los demás, enterrar al muerto y visitar al enfermo, tal como lo hace Elohim.

Por lo tanto, desarrollar la cualidad de la bondad es considerado uno de los propósitos primordiales de nuestra existencia.

3. Rabenu Ionah, Shaarei Teshuvá (Las Puertas del Arrepentimiento) 3:13 – Una de las tareas primordiales de la persona es realizar un esfuerzo completo para ayudar a los demás.

Uno está obligado a trabajar duro y esforzarse hasta las profundidades de su propia alma en beneficio de su prójimo, ya sea una persona rica o pobre. Ésta es una de las cosas más importantes y cruciales que se le piden a la persona.

 La Providencia Divina

Nos parecemos más a Elohim al incorporar Sus cualidades a nuestras personalidades. Sin embargo, la gran variedad de personalidades humanas y de circunstancias de vida crean diversos desafíos individuales a nuestra obligación de imitar a Elohim. Para asegurar que todos tengamos las máximas oportunidades de cumplir con el propósito de la vida, el judaísmo dice que Elohim dirige perfectamente todos los eventos e influencias en nuestras vidas.

1. Rab Aryeh Kaplan, Manual de Pensamiento Judío, Volumen 2, 19:3 – Todas las cosas creadas existen sólo para el bien del hombre y para servir como un medio en el cual Elohim puede guiarlo.

Elohim creó este planeta y todo lo que hay en él para el hombre. Como resultado, Su providencia se extiende al hombre de una manera muy particular e individual. Cada acto del hombre es sopesado, cada cabello es medido y cada magulladura es contada, llevando al hombre hacia el destino para el cual nació.


·         La vida hebrea es bella, profunda y guiada por un propósito: perfeccionar nuestro cuerpo y nuestra alma y formar una relación cercana con Elohim.

Elohim nos dio tanto un cuerpo como un alma, y por lo tanto tenemos libre albedrío para elegir qué aspecto de nuestro ser desarrollar, Cuando utilizamos correctamente nuestro libre albedrío –para desarrollar nuestro lado espiritual- entonces podemos ganarnos nuestra perfección y acercarnos a Elohim.

·         Hablando de manera práctica, este auto perfeccionamiento se logra dándole forma a nuestra personalidad y a nuestros actos para ser como Elohim, Quien es el Dador perfecto. Por esta razón, los actos de bondad son fundamentales para la vida judía.

·         Para asegurar que todos tengamos las máximas oportunidades para cumplir con el propósito de la vida, Elohim dirige perfectamente los eventos y las influencias en nuestras vidas. Entonces Él nos da la capacidad de elegir cómo responder y de esta manera ganarnos nuestra perfección.

Libre Albedrío

La coexistencia de un cuerpo y de un alma es lo que nos da el libre albedrío – la capacidad de elegir entre los impulsos del cuerpo y los anhelos del alma. Al utilizar correctamente nuestro libre albedrío nos ganamos la perfección por nosotros mismos en vez de recibirla directamente de Elohim. De esta manera, esto se vuelve una parte intrínseca de nuestro ser y en consecuencia cumple todavía en mayor medida con el deseo de Elohim de dar que si Él simplemente nos hubiera creado perfectos desde el comienzo

1. Ramjal (Rab Moshé Jaim Luzzatto), Derej Hashem 1:2:1-2 – Este mundo es una oportunidad para ganar el mayor bien – el apego a Elohim.

El propósito de Elohim en la creación fue brindar Su bien a otro... Su sabiduría por lo tanto decretó que la naturaleza de esta verdadera obra de bien fuera darle a sus criaturas la oportunidad de apegarse a Él al máximo grado que les fuera posible.

Sin embargo, la sabiduría de Elohim decretó que para que este bien fuera perfecto, aquél que lo disfruta debe ser su dueño. Es decir, que se lo debe ganar por sí mismo...

2. Ibíd., 1:3:1 – Estamos aquí con el desafío de ganarnos la perfección.
Como hemos visto, el hombre es la criatura creada con el propósito de apegarse a Elohim. Él es colocado entre la perfección y la deficiencia, con la posibilidad de ganarse la perfección.

Sin embargo, el hombre debe ganarse su perfección a través de su libre albedrío y deseo. Si estuviera obligado a elegir la perfección, entonces no sería verdaderamente su dueño y el propósito de Elohim no se cumpliría.

Por lo tanto era necesario que el hombre fuera creado con libre albedrío. Las Inclinaciones del hombre por lo tanto se encuentran equilibradas entre el bien y el mal, y no está obligado a seguir a ninguno de ellos. El hombre tiene el poder de elegir, y es capaz de elegir cualquier lado, con entendimiento y voluntad, así como poseer cualquiera que desee. Por lo tanto, el hombre fue creado tanto con un ietzer tov (Inclinación al Bien) como con un ietzer hará (Inclinación al Mal). Él tiene el poder de inclinarse en cualquier dirección que desee.

Además, estas elecciones correctas constituyen una afirmación para los demás (y para nosotros mismos) respecto a que la voluntad de Elohim, la manera en la cual Él desea que dirijamos nuestras vidas, es más importante que cualquier otra cosa. Y cuando la gente nos ve tomando estas decisiones, podemos inspirarlos para hacer lo mismo


El Propósito del Hombre en el Mundo

La vida puede ser bella, profunda y rica de significado. Pero para ganar acceso a ese significado necesitamos preguntarnos: ¿cuál es nuestro propósito en este mundo? Muchos volúmenes han explorado esta pregunta, pero para decirlo de manera sucinta, el propósito de la vida es lograr el auto perfeccionamiento y formar una relación cercana con Elohim, la Fuente única de toda la existencia. Para lograr esto, debemos desarrollar la esencia espiritual de nuestro ser.

El Cuerpo y el Alma

Nuestros sabios nos enseña que nuestra verdadera esencia es un alma Divina que fue colocada en un cuerpo terreno, similar a un animal.

Elohim formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en alma viviente.  (Bereshit (Génesis) 2:7)

Dice Rashi: [Elohim] lo hizo de los reinos superiores y de los reinos inferiores – el cuerpo de los reinos inferiores y el alma de los reinos superiores.

¿Qué significa que Elohim "insufló" el alma al hombre y que éste cobró vida?

Inicialmente, el hombre fue formado de tierra. Esto le otorgó una existencia con movilidad, experiencias sensitivas y emociones rudimentarias. Sin embargo, lo que la Torá considera vida sólo llegó cuando se le agregó un alma Divina. Elohim insufló Su aliento en la nariz del hombre y él cobró "vida". El término hebreo para alma, neshamá, refleja su mismo origen porque viene de la raíz de la palabra neshimá, que significa aliento, respiración. El alma es el "aliento" de Elohim.
                                                                                 
Claramente, la Torá desea transmitir la naturaleza fundamental de la relación entre Elohim y el hombre. El aliento es la base de la vida. El aliento del Creador connota la base de Su "vida". Este concepto parece extraño al ser aplicado al Creador, la fuente de toda la existencia.  El significado se aclara cuando comprendemos que la Torá específicamente asocia el término "vida" con la expresión física de la esencia espiritual. El aliento de Elohim se refiere a la base de Su expresión y conexión con la realidad física. Cuando la Torá afirma que Elohim insufló al hombre un alma viva, esto significa que cuando el Creador tomó una expresión física a través del acto de la Creación, el hombre se convirtió en el foco de esa expresión.

Esta definición de vida también explica por qué el hombre sólo cobró "vida" cuando Elohim le insufló un alma Divina. Esta alma le dio al hombre la capacidad de hablar. El habla es la forma más rara en la cual la esencia espiritual adopta una expresión particular y como tal es el puente a través del cual el reino espiritual de hecho entra en la realidad física. Elohim colocó su aliento en el hombre, porque el hombre es el único a través del cual el Creador se conecta con Su creación. Somos un hombre sólo cuando cumplimos con este rol, y cada dimensión de la experiencia humana ofrece su oportunidad singular para hacerlo. Ya sea en plegarias al Creador, contemplando la raíz Divina de nuestro propio ser, relacionándonos con la imagen de Elohim que se encuentra en cada persona [o a través de la halajá (la ley judía)], siempre debemos aspirar a conectar al mundo físico finito con su Fuente Infinita.

El alma es para el cuerpo lo que es el jinete para el caballo o el conductor para el automóvil. Una vez que sabemos quiénes somos –un alma colocada en un cuerpo- entonces tenemos la oportunidad de cumplir con el propósito de la vida: perfeccionar nuestros cuerpos y nuestras almas y desarrollar una cercanía con Elohim. El cuerpo es un medio para cumplir con este propósito, y no un fin  en sí mismo


La Torá es la herencia del pueblo hebreo.

Para los hebreos, la Torá es nuestra herencia eterna. Nos fue legada desde el pasado para ser utilizada en el presente para lograr un mejor futuro. La conexión entre el pueblo hebreo y la herencia de la Torá es sumamente profunda. El propósito más básico del estudio de la Torá es inculcar una valoración de esta profundidad. Por esta razón, éste es el primer versículo que se supone que un padre debe enseñarle a su hijo.

El pilar central de la Torá que se le enseña al joven es que la Torá es su herencia.

Enseñaron nuestros Rabinos: Cuando el niño tiene la edad suficiente… para hablar – su padre debe enseñarle Torá y la lectura [de la plegaria] del Shemá. ¿Qué Torá le enseña? Dijo Rab Hamnuna: "La Torá que Moshé nos ordenó es la herencia de la Congregación de Iaakov".

¿Qué es lo que debe suponer para nosotros el hecho de que la Torá sea nuestra herencia? La mayoría de los judíos saben que ellos son judíos porque descienden de personas que nacieron judías o que se convirtieron al judaísmo. En el mundo moderno en el cual vivimos, ¿qué diferencia tiene de dónde venimos o qué es lo que nuestros antepasados creían y practicaban?

La identidad moderna es como una biblioteca…

En algún momento, cada uno de nosotros debe decidir de qué manera vivir nuestras vidas. Tenemos muchas opciones, y no hay otra generación en la historia que haya tenido una mayor variedad de opciones. Podemos vivir para el trabajo, para el éxito, para la fama o para el poder. Podemos tener una serie completa de estilos de vida y relaciones. Podemos explorar una miríada de distintas fes, misticismos o terapias. Hay sólo una restricción: que sin que importe demasiado de ninguna otra cosa que tengamos, tenemos una sola vida y es breve. Cómo vivimos y para qué vivimos es la decisión más fatídica que realizamos...

Imagina que estamos en una amplia biblioteca. En cada dirección que observamos hay estanterías. Cada columna tiene estantes desde el piso hasta el techo, y cada estante está repleto de libros. Estamos rodeados por el registro de los pensamientos de muchas personas, algunos grandiosos, otros no tanto, y podemos estirar la mano y tomar cualquier libro que deseemos. Todo lo que tenemos que hacer es elegir. Comenzamos a leer y por un rato estamos inmersos en el mundo, real o imaginario, del escritor. Puede intrigarnos lo suficiente como para llevarnos a buscar otros libros del mismo autor, o tal vez otros libros sobre el mismo tema. Alternativamente, podemos buscar un tema diferente, un enfoque diferente; no hay ningún límite. Una vez que el libro deja de interesarnos, podemos volver a colocarlo en el estante, donde esperará hasta que lo elija el siguiente lector. No nos reclama nada. Es sólo un libro.

Exactamente esto es lo que representa la identidad para la cultura secular occidental contemporánea. Somos curiosos en una biblioteca. Hay muchas maneras diferentes de vivir, y ninguna de ellas nos obliga de manera particular… Los diversos estilos de vida que adoptamos son como los libros que leemos. Siempre tenemos la libertad de cambiarlos y volver a dejarlos en el estante. Se trata de aquello que leemos y no de lo que somos.

Si la Torá es realmente nuestra herencia, entonces esto significa que no es igual a cualquier otro libro en la biblioteca. No es sólo aquello que leemos.

El Legado hebreo es un libro que lleva grabado nuestro propio nombre en el lomo.

La Torá nos pide concebir una posibilidad completamente diferente. Imagina que, al buscar un libro en la biblioteca, encuentras un libro que a diferencia de los demás atrae tu atención porque en su lomo está escrito el nombre de tu familia. Intrigado lo abres y ves muchas páginas escritas por diversas manos en distintos idiomas. Comienzas a leerlo, y gradualmente comienzas a entender de qué se trata. Es la historia que cada generación de tus antepasados relató para la siguiente generación, para que cada uno que naciera en la familia pudiera saber de dónde viene, qué les ocurrió, para qué vivían y por qué. Vas pasando las hojas hasta llegar a la última página que no tiene nada escrito fuera del título: tu propio nombre.

De acuerdo con las convenciones intelectuales de la modernidad, esto no debería marcar ninguna diferencia. No hay nada en el pasado que pueda unirte con el presente, ninguna historia que pueda marcar alguna diferencia con respecto a quién eres y quién tienes la libertad de ser. Pero esta no puede ser toda la verdad. Cuando me encuentro teniendo este libro entre mis  manos, mi vida ya ha cambiado. Al ver mi nombre y la historia de mis antepasados, ya no puedo leerlo como si se tratara simplemente de una historia más en medio de tantas otras... Una vez que ya sé que existe ya no puedo volver a dejar el libro en el estante y olvidarme de él, porque ahora ya sé que  soy parte de una larga línea de personas que viajaron hacia cierto destino y cuya travesía permanece incompleta, dependiendo de mí para seguir llevándola adelante...

Esto es más que un ejercicio de la imaginación. Este libro existe y ser hebreo implica ser una vida, un capítulo de él. Este libro contiene el conocimiento respecto a quién soy y tal vez es la cosa más importante que me pueden dar.

La Torá es nuestra herencia; es la suma total de los logros y aspiraciones de nuestro pueblo y, más fundamentalmente, nuestra identidad y nuestro propósito en este mundo. Teniendo esto mente es que presentamos esta Introducción al Proyecto Educativo de nuestra Escuela, más de 120 clases que cubren un amplio rango de lo que las Escrituras hebreas puede enseñarnos sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

Introducción a un Viaje de Autodescubrimiento

Shalon Javerim:

Anunciada por una impresionante muestra de truenos, relámpagos, humo, sonido de shofar y fuego, la Presencia de Elohim descendió sobre el Monte Sinaí. De esta manera quedó establecido el escenario para el momento más trascendente de la historia: la declaración Divina de las Diez Palabras, una escena vista y escuchada por millones de personas.

El nacimiento de la tradición hebrea hace tres mil trescientos años infundió al pueblo de Israel, y luego al mundo, con valores generativos y una sabiduría transcendental que continúa dando forma a la humanidad hasta la actualidad. Imagínate a ti mismo 133 generaciones atrás en el evento más importante de la historia – cuando Elohim le entregó la Torá a todo el pueblo hebreo. Nunca más tuvo lugar un momento tan poderoso que involucrara a un grupo tan grande de personas. Con la entrega de la Torá, la cultura hebrea quedó establecida y en funcionamiento. La Torá introdujo conceptos revolucionarios tales como la ética Divina, tikún olam (guiar a la humanidad a lograr su propósito), y el auto-perfeccionamiento. Israel estableció el monoteísmo – no como un concepto académico sino como una realidad dinámica en la cual el Creador del universo continuamente mantiene y guía al mundo a su destino y busca una relación personal con cada individuo.

Este artículo, no tiene la intención de ser una guía simple de judaísmo. Más bien busca ser una introducción a conceptos hebreos y a la vida hebrea. Esta clase en particular está basada en muchas de las secciones básicas del programa de la Escuela, sirviendo como un potencial punto de partida para explorar el programa parcial o totalmente. Tanto como el judaísmo valora el estudio profundo y analítico, el hecho de experimentar el mosaico de la vida judía –Shabat, festividades, matrimonios, Bar y Bat mitzvá, practicar el jesed, etc.- da lugar a una convincente conciencia sobre la vitalidad y la totalidad de la vida judía. Esta conciencia no puede ser experimentada solamente a través del estudio textual. Para captar el judaísmo es igualmente imperativa la existencia de una relación significativa entre estudiante y maestro, porque es mucho lo que uno puede aprender al observar a su maestro integrar y aplicar los valores de la Torá. Junto a estos otros medios, el Programa de Estudios de la Escuela puede constituir un punto de partida para un camino de autodescubrimiento.


jueves, 22 de enero de 2015

Obstáculos para el desarrollo de una actitud correcta en el estudio bíblico.

Shalon Javerim:

 En las consideraciones que haremos en este escrito, no pretendemos, ni mucho menos, una exhaustiva explicación de los obstáculos psicológicos y socioculturales que dificultan adquirir -ir adquiriendo- una actitud correcta de estudio racional de las escrituras  como estilo de vida....Son simples notas y apuntes para la reflexión de quienes se inician en el campo de la investigación racional de las escrituras.


Hay personas que tienen un buen dominio de métodos y técnicas de estudio, una excelente formación teológica y hasta pueden ser ideológicamente innovadores, pero... psicológicamente son dogmáticos y culturalmente provincianos. Unos porque lo interiorizaron en sus prácticas religiosas, que les imprimieron hábitos autoritarios, otros porque fueron enseñados con esquemas autoritarios y no han sido capaces de tomar distancia de su propio proceso de aprendizaje o bien porque el dogmatismo interiorizado les ha puesto anteojeras. En otros casos, la estreches intelectual los incapacita para ser conscientes de su ombliguísmo (todo es valorado desde su propia mirilla intelectual), que no es mas que una forma de provincianismo cultural.

Nosotros vamos a examinar cuatro obstáculos principales al desarrollo de una actitud correcta en el estudio de las escrituras:
1.       el dogmatismo,
2.      el espíritu de gravedad,
3.      el provincianismo intelectual y
4.      el uso de los argumentos de autoridad.

Dogmatismo. Es un modo de funcionamiento cognitivo totalmente contrapuesto al modo objetivo de conocer la realidad. Se expresa en la tendencia a sostener que los propios conocimientos e interpretaciones son verdades incontrovertibles. Para el dogmático, la doctrina que sostiene escapa a cualquier discusi6n. Con ella valora los hechos a priori de la observación de los mismos, y plantea soluciones aplicando a ciegas y mecánicamente los principios doctrinales, sean judíos, cristianos o de cualquier otra concepción doctrinal.

Como el dogmatismo conduce a una mentalidad cerrada, solo se pueden ver de la realidad aquellos aspectos 0 elementos que coinciden con el «esquema incuestionable» de interpretación de las escrituras. En algunos casos, se sustituye sin mas la observación de la realidad histórica contextual con la simple recurrencia a los «conceptos sagrados adquiridos» de la doctrina del líder espiritual (que reviste la forma de dogma). El dogmático siempre apela al «deposito» de los conocimientos adquiridos, a los que considera como verdades consagradas e indiscutibles’ y trata de reforzarlo con el simple decir “la biblia dice”.

Además, por su estructura mental y carácterial, el dogmático es sectario: no entiende ni tolera a quienes no pertenecen a su secta, con prescindencia, mas 0 menos total, de la verdad que puede haber en las argumentaciones y razonamientos de «los otros».

Puede decirse, por consiguiente, que el dogmático no razona, de ahí que no responda con argumentos, datos, hechos, sino que recurra al fácil expediente de poner etiquetas, descalificando todo los que no pertenece a su secta. Es común oír decir al dogmático: “esa son filosofías humanas” o también “el conocimiento envanece”, u otras frases por el estilo.

Aquí aparece su otra característica: la propensión excomulgatoria (extra ecclesia non est salut fuera de la iglesia no hay salvación). Fuerte 0 suave, en el dogmático siempre flota un cierto olorcillo a nauseabunda inquisición. Todo esto adquiere un carácter tragicómico cuando el dogmático -que es inepto e inapto para el trabajo espiritual- tiene la osadía de darse aires de ungido, autodenominándose maestro, apóstol o profeta.

Seguro en la ignorancia, segrega de su castración juicios definitorios. Además, cuando el sectario es liberal, se siente la vanguardia, el ungido el elegido por Elohim para salvar a la humanidad. Como el sectario es la vanguardia, todo lo anterior está superado. Estos son los dogmáticos «inspirados»: quieren estar a la vuelta de todo sin haber ido nunca a ninguna parte. Piensan que con ellos comienza la historia. Si el sectario es conservador, por lo común está condenando toda la perdición del presente, al tiempo que propugna el retorno al pasado, que valora y mitifica, apegado a una tradición que no comprende ni conoce simplemente repite como loro conceptos transmitidos del pasado. Su frase preferida es: “en los últimos tiempos se levantaran falsos maestros…” y no se dan cuenta que la falsedad se inició en el pasado y se constituyó en la herencia del presente.

Cuanto se lleva dicho basta para comprender que el dogmatismo es lo mas lejano a la actitud correcta de interpretación bíblica, pues para la el estudioso, las verdades son parciales y siempre sujetas a corrección. El dogmatismo no tiene apertura a otra cosa que no sean sus dogmas, esquemas y, a veces, los simples slogans 0 estereotipos configurados en su inmadurez mental y espiritual.

Un segundo obstáculo -muy parecido al anterior y que casi siempre va unido a el- es lo que Nietzsche llama el «espíritu de gravedad». Consiste en la convicción de que las actuales estructuras religiosas y su jerarquía de valores son algo indiscutible. En consecuencia, todo lo que no se acomoda, no se ajusta o no se adapta a lo ya existente constituye una anormalidad, una desviación, una manifestación patológica.

A decir verdad, el espíritu de gravedad no es sin una fachada barroca en la que se manifiesta lo que Fromm llamaba la patología de la normalidad, y que en la práctica no es otra cosa que el culto supersticioso a lo establecido y la instalación en el conformismo. Al sometimiento mental al líder de la secta.

Un individuo totalmente ajustado a la secta, conformista y acrítico, no está en condiciones de asumir una actitud correcta de estudio, parque vive «lo dado» como «lo que debe ser». Se trata de un pensamiento esclerotizado en relación con una realidad que considera inamovible, de ahí que su razonamiento se inmovilice en torno a esquemas y categorías rígidas. Por el contrario, la actitud correcta del buscador honesto de la verdad, todo lo interroga, lo investiga, lo cuestiona, lo revisa, lo reformula... hasta el propio pensamiento, y no descansa ni se conforma con respuesta dadas por los autodenominados maestros, apóstoles o profetas.

El espíritu de gravedad es una visión fijista de la realidad que produce una sacralización de valores e instituciones; el espíritu correcto, en cambio, es una invitación a la desinstalación constante a medida que se desvelan nuevos aspectos 0 dimensiones de la realidad. En otras palabras, el espíritu de gravedad cumple de hecho una función sacralizadora del statu quo; el espíritu correcto de estudio, por el contrario, desacraliza la realidad con una criticidad abierta hasta un horizonte sin límites, dentro de la dinámica de la provisoriedad que se da en el proceso histórico. El espíritu de gravedad conduce a lo que Popper considera el oscurantismo y anquilosamiento de la «sabiduría convencional»: deja de lado la marcha de los acontecimientos, la evolución de la realidad y apela a «su depósito» de verdades consagradas. Y con ellas sigue interpretando el mundo o las escrituras.

Vinculado a lo anterior, aparece un tercer obstáculo: provincianismo intelectual. Es la tendencia a ver los procesos doctrinales, valores, costumbres, instituciones, papeles ceremoniales y rituales, y todo aquello que forma parte de una organización bajo la óptica de la propia cultura o comprensión intelectual.

Este modo de ver las cosas es lo que los antropólogos han denominado etnocentrismo, indicando con este término una visión de la realidad distorsionada por la mirilla de los valores culturales del propio grupo, pues se trata de un modo de «ver» los otros grupos partiendo del supuesto de que las propias pautas culturales constituyen la forma correcta de pensar y de actuar. La manera concreta como cada cultura condiciona la manera de ver la realidad da lugar a diferentes y variadas formas de provincianismo intelectual.

Como un aspecto parcial de este problema, también se presentan como obstáculos las distorsiones provenientes de la propia subcultura doctrinal, expresadas frecuentemente en las simplificaciones y reduccionismos, ya sean psicologismos, sicologismos, economicismo, ortodoxismo, etc., y en actuar como si la interpretación que cultivamos fuese capaz de dar respuesta a todos los problemas o, lo que es más frecuente, considerarla como la más importante.

El uso de los argumentos de autoridad. Apelar a argumentos de autoridad para reflexionar sobre la realidad es una forma de dejar de lado esa realidad. Frases como: “El hermano pastor dijo, o el profeta, o apóstol, etc.” son frecuentes en los seguidores del uso de los argumentos de autoridad. «La falsa erudición», advertía Claude Bernard, «al colocar la autoridad del hombre en lugar de los hechos, mantuvo a la ciencia durante siglos a la altura de las ideas de Galeno, sin que nadie se atreviese a tocarlas»; y esta superstición científica fue tal que Mundini y Vesalio, que fueron los primeros en contradecir a Galeno confrontando sus opiniones con disecciones de animales, fueron considerados innovadores y revolucionarios. Así mismo en el entorno religioso los “iluminados o ungidos” mantienen a sus seguidores en la mas absoluta dependencia mental y espiritual al convencerles que sus doctrinas son el producto de la revelación divina, “Dios me dijo” es la palabras mas usada por e tos embaucadores.

Recurrir a argumentos de autoridad no es citar a otros para aclarar 0 profundizar la propia manera de pensar, se puede y debe recurrir a las opiniones de otros, pero utilizandolas solo como opiniones y no como pruebas. Esgrimir argumentos de autoridad consiste en apoyar los puntos de vista propios en dogma, afirmaciones y opiniones, sostenidas por personas o instituciones (iglesia 0 partido), como si ellas tuviesen mayor validez que las evidencias históricas. Estos son los argumentos esgrimido por los rabinos talmudistas y por los pseudos profetas y apóstoles que pululan hoy día que pretenden hacer de sus opiniones o interpretaciones verdades incuestionables.

Este estilo de razonar, apoyado en argumentos de autoridad, no siempre excluye la verificación histórica, pero casi sin excepción conduce a un violentar la realidad para adaptarla a lo que dice «la autoridad», o bien a mirar la realidad de manera selectiva. Naturalmente, esta selectividad tiene un sistema de preferencia que coincide con lo que dice el apóstol, el profeta, el maestro o el líder (magister dixit) 0 la doctrina a la que se adhiere el individuo con ciega incondicionalidad.

En la historia de la ciencia, el caso de Galileo es ejemplificador, y la sentencia de la Inquisición no lo es menos (pero en sentido contrario). Bertrand Russell recuerda una anécdota de Galileo que viene muy bien para ilustrar este punto. Siendo muy joven, y profesor en la Universidad de Pisa, los profesores de la misma sostenían que un cuerpo de diez libras de peso tardaría en caer un tiempo diez veces menor al que emplearía otro peso de una libra situado a la misma altura. Una mañana subido Galileo a lo alto de la torre inclinada de Pisa, con dos pesos de una y diez libras respectivamente, y en el momento en que los profesores se dirijan con grave dignidad a sus cátedras, en presencia de los alumnos, llamó su atención y dejo caer los dos pesos a sus pies desde lo alto de la torre. Ambos pesos llegaron prácticamente al mismo tiempo. Los profesores, sin embargo, sostuvieron que sus ojos debían haberles engañado, puesto que era imposible que Aristóteles se equivocase... Años después -y esta es una segunda anécdota-, cuando hizo un telescopio e invito a los profesores a mirar los satélites de Júpiter, estos rehusaron, exponiendo como motivo que Aristóteles no había mencionado dichos satélites y que, por tanto, cualquiera que pensase que los veía tenía que estar equivocado... Hasta aquí las anécdotas relatadas por Russell.

Un ejemplo mas reciente -y por eso más oscurantista y retrogrado- del uso de la autoridad para descalificar una formulación científica es la «condena» de la teoría de la herencia apoyada en las leyes de Mendel. Esta condena fue decidida por otro pontífice (José Stalin), de otra iglesia (el partido comunista de la URSS), quien, apoyado en los Libros Sagrados (textos de Marx, Engels, Lenin y Stalin), que contienen la verdad integra y definitiva, considero que las teorías de Mendel eran una «reacción ideológica de la burguesía», que niega «las leyes objetivas del desarrollo de la materia». Felizmente, según la autoridad del partido, «versados en el método dialectico, los biólogos soviéticos han rechazado todas las deformaciones idealistas y mecanicistas de la noción de desarrollo de la vida y han puesto de relieve sus contradicciones fundamentales, verdaderas fuerzas motrices de la evolución de los organismos y de las especies».

Esta superación y descalificación de las teorías de Mendel, debida sobre todo a Lisenko, se logró gracias al «estudio de las obras de los clásicos del marxismo-leninismo». El dogmatismo de (la ciencia marxista-staliniana no tiene desperdicio en este punto) Lisenko, a partir del materialismo dialectico, «aporto -según la versión oficial del partido- un gran número de hechos experimentales que refutan enteramente el mendelismo y sus pseudo leyes».

Todos sabemos -porque se trata de hechos muy conocidos y de simple cultura general- que Lisenko no aportó ningún hecho y que, además de detener el desarrollo de la genética en la URSS, hizo asesinar a los científicos que no pensaban como él. (Igual que la inquisición en otros tiempos y a la descalificación que se hace hoy con cualquiera que piensa diferente al sistema dogmático)

Hoy a nadie se le ocurre, en el campo de la física, de la química o de la biología -para no indicar sino algunas ciencias- utilizar argumentos de autoridad o hacer interpretación de dogmas científicos para dirimir una discusión científica; la verificación empírica y la práctica son los únicos jueces, aunque solo sean provisionales, de las cuestiones científicas. Sin embargo, en el campo de la investigación bíblica, existe esta forma de subdesarrollo racional, que es el apelar a los argumentos de autoridad. En el fondo, es una manera de recubrir, con ortodoxia dogmática, la propia indigencia cultural y el bajo nivel intelectual.


Cuestionario:

¿Cuáles son los elementos que un estudiante de las escrituras debería tener en cuenta  para hacer una correcta investigación bíblica?

¿Conoce usted personalmente algún argumento de autoridad que se utilice para manipular a los creyentes?

¿Cree que es posible aplicar un método racional a la investigación bíblica, o hay que interpretarla desde la perspectiva tradicional?

¿Podría explicar en sus propias palabras en que consiste el provincialismo intelectual?

¿Le gustaría  participar en la creación de un método de estudio histórico-racional de las escrituras, fundamentado en la realidad contextual hebrea?

Exprese, por favor, sus respuesta y opiniones en el espacio del grupo, agradezco sus comentarios.


Shalom

La Obra de Pablo

Shalon Javerim:


Un análisis del origen de la fe cristiana y su contradicción con el pensamiento hebreo

El Libro de los Hechos nos enseña que el lugar de la conversión de Pablo debe buscarse en la ruta de Damasco y sitúan en esta ciudad el centro de su primera actividad; podemos creerles sin inconveniente. Lo esencial para nosotros es advertir que no fue en Yerushalaim, ni en contacto con los Doce, donde hizo su aprendizaje de misionero cristiano y que no se consideró dependiente de ellos.

Persuadido de que el propio “Cristo glorificado”, lo instituyó Apóstol por un acto especial de su voluntad, no acepta que nadie le contradiga, y tiene la impresión de no necesitar consejos ni enseñanzas de nadie. Recordemos las orgullosas declaraciones de la Epístola a los gálatas (1, 10 y ss.): "...¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. Porque os hago saber, hermanos, que el evangelio por mí predicado no es de hombres, pues yo no lo recibí de los hombres, sino por revelación de Yeshua el Cristo. ". . .Pero cuando plugo al que me segregó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, para revelar en mí a su Hijo anunciándole a los gentiles, al instante, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre (entendamos: a ninguna autoridad humana), no subí a Yerushalaim a los apóstoles que eran antes de mí. .. Luego, pasados tres años, subí a Yerushalaim para conocer a Kefas (Pedro)."

Señalemos, además, que todo lo esencial de las enseñanzas de Yeshua estaba contenido, ciertamente, en algunas frases transmitida oralmente por los Sh’lujim, y que Pablo como perseguidor de los discípulos de Yeshua las conocía, con toda probabilidad, sobre poco más o menos, antes de su visión decisiva, de suerte que no experimentó ninguna dificultad en enseñar, en seguida, lo que al presente creía. En cambio, se comprende que las gentes de Yerushalaim, sin poner en duda la sinceridad de su conversión, hayan visto con reservas la realidad de su vocación y admitido difícilmente que hablara de Yeshua, sin haberlo conocido, con tanta autoridad como ellos, que habían vivido familiarmente a su lado. Cuando, al cabo de tres años, se decidió a trasladarse a Yerushalaim, no encontró más que desconfianza en el pequeño mundo de los seguidores de Yeshua Rabenu y, seguramente, no hubiera podido penetrar en él si Barnabua, impresionado por su ardor y por su convicción, no lo hubiera llevado hasta Kefas y Yaacov, que se decidieron a admitirlo.

Desde entonces, difería de ellos, ciertamente, en "las cosas concernientes a Yeshua", es decir, se apegaba a una cristología, la de los helenistas, que sobrepasaba a la de aquéllos, y, si damos crédito a los Hechos (9, 29), la exposición de sus ideas, emprendida en las sinagogas helenizantes de la ciudad, las frecuentadas por judíos de lengua griega, provocó tal tumulto que debió abandonar precipitadamente Yerushalaim. Se retiró a Siria y a Cilicia, es decir, a Antioquía y a
Tarso, y a esta última ciudad fue a buscarlo Barnabua, cuando la contemplación de lo que se había hecho en Antioquía le reveló a este hombre notable, al que quisiéramos conocer mejor, el porvenir de la teología de Antioquía en terreno griego.

Así, pues, a iniciativa de Barnabua, Pablo emprendió su misión difundir esta percepción teológica en el mundo, e inauguró esa ruda vida de maestro ambulante, que llevará en Asia Menor y en Grecia hasta el momento de su arresto por las autoridades romanas de Yerushalaim. Iba de ciudad en ciudad, deteniéndose en donde existían importantes comunidades judías; hablaba primero en las sinagogas y, de ordinario, provocaba verdaderas cóleras entre los judíos puros contra lo que él llamaba “mi Evangelio” (Rom. 2:16). Cuando podía aplazar los efectos, procuraba convencer a los prosélitos arengándolos en alguna casa particular. Si tenía bastante éxito en algún lugar permanecía varios meses —así lo hizo en Corinto— o volvía — así lo hizo en Éfeso—. Entretanto, mantenía con las Congregaciones que había "establecido" una correspondencia bastante activa, ayudándolas a mantener su fe y reanimándolas en sus desfallecimientos. No insistiremos sobre esta vida plena, atormentada, peligrosa y fecunda, pero nos falta tratar de comprender lo que le enseñó a Pablo.

Desde el primer momento, vio claramente una verdad a la cual los Doce no se resignaban de buen grado y que, por otra parte, no comprendían como falló; a saber, que los "temerosos de Dios" creían fácilmente "en el Señor", mientras que la mayor parte de los judíos puros cerraban sus oídos y endurecían sus corazones, cuando los discípulos procuraban convencerlos. En consecuencia, ¿se los debía abandonar a su locura y llevar deliberadamente la verdad fuera de Israel? Era previsible que detrás de los prosélitos que, por lo menos, "judaizaban", ingresarían a la fe, simple paganos; ¿se los podía aceptar y prometerles una parte del Reino?

¿Esos extranjeros, ignorantes de la Torah de Moshe, serían entonces los coherederos del pueblo de Hashem? Se comprende que los Doce, imbuidos de las enseñanzas de Yeshua y tan profundamente judíos, no hayan podido aceptar sin gran repugnancia semejantes conclusiones. Pablo se las impuso, porque supo encontrar argumentos convincentes para comentar el éxito de su primera misión en Asia Menor y porque la comunidad de Yerushalaim creyó adivinar el Espíritu en las obras de Pablo. La comunidad de Yerushalaim era pobre, las Iglesias de Pablo contaban a veces con adeptos acomodados y generosos, y el Apóstol sabía pedirles ayuda para la Iglesia-madre. Y, por otra parte, ¿cómo no reconocer el mérito de una predicación que había propalado, en tantos lugares diferentes?

Una vez aceptado el principio de admisión de los gentiles como prosélitos, convenía favorecer "su aplicación: Pablo sabía que la circuncisión disgustaba a los griegos y que la mayor parte de las obras de la Torah no armonizaban ni con sus costumbres ni con sus hábitos espirituales; no tardó en pensar de que a la Torah la reemplazaba la enseñanza de Cristo, el cual, inclusive, había llegado expresamente para sustituir a la antigua Alianza por una nueva. Y, creo la teología del remplazo para “liberar” a los conversos de la gentilidad de la Torah de Moshe. Esto era separar, implícitamente, a sus seguidores de los discípulos originarios de Yeshua e impulsarlo a convertirse en una religión original: el cristianismo.

La teología de Pablo, adherida al sentido que le daban los "helenistas", acabó de hacer inevitable este resultado, modificando profundamente el conocimiento que los Doce se tenían del Yeshua histórico, de su vida y de su muerte. Pablo, como maestro de los goim, comprendió pronto que la doctrina original de Yeshua no interesaba a los griegos; no era, en verdad, inteligible más que confundida con las esperanzas nacionalistas de los judíos. Para que los gentiles pudieran aceptarla, hacía falta, imprescindiblemente, ampliarla, y, uniéndola a una concepción familiar a la enseñanza de los Misterios paganos, presentar a Cristo, no ya como un hombre armado por la fuerza de Hashem, para sacar al pueblo elegido de su infortunio y arrojar a sus pies a sus opresores, sino como el enviado de Dios, encargado de llevar a todos los hombres la Salvación eterna, la certidumbre de una vida futura bienaventurada, en la que el alma, sobre todo, cumpliría plenamente su destino.

Además, Pablo vio igualmente que los conversos de la gentilidad no se acomodaban fácilmente la muerte ignominiosa de Yeshua, sobre la que los incrédulos no dejaban de insistir, debía recibir, pues, una explicación satisfactoria, que pudiera tornarla edificante. Pablo meditó sobre este doble problema, ya planteado y probablemente orientado como lo encontró en la comunidad de la dispersión, y le dio una solución de incalculable alcance. Totalmente indiferente al Rav de Galilea, tan valioso a los Doce, no quiso reconocer más que al cordero expiatorio, y se lo representó como un personaje divino, anterior al mundo, especie de encarnación del Espíritu de Dios, "hombre celestial" largo tiempo retenido en el cielo, al lado de Dios, y descendido a la tierra para dar origen a una verdadera humanidad nueva, de la cual él sería el Adán.

Pablo encontraba los elementos esenciales de toda esta especulación, probablemente sin buscarlos y como por el juego espontáneo de su memoria o de sus hábitos mentales, en cierto número de representaciones usuales de los Misterios; son esos textos herméticos, es decir, surgidos de los propios Misterios, los que arrojan hoy las luces más claras sobre la doctrina cristológica de Pablo, tal como acabo de bosquejarla.

Esta especulación culminó, por así decirlo, en una expresión que no deja de sorprendernos: el Kurios (Señor) nos ha sido dado como el Hijo de Dios. Ahora bien. Dios es para Pablo una herencia judía; se deduce de esto que el monoteísmo israelita se impone a su espíritu como un a priori y absolutamente. Este Dios es el Altísimo, perfectamente distinto de la naturaleza y que no siembra en ella tendencia alguna hacia el panteísmo. ¿Entonces, cómo imaginarse que pueda tener un hijo, o, si se quiere, cómo entender esa relación filial que Pablo reconoce entre el Kurios y Dios?

Al principio, uno estaría tentado de creer que sólo se trata de una manera de hablar, de una figura. Los judíos daban el nombre de Servidor de Hashem a todo hombre que pudiera pasar por inspirado por él, y el griego de la Septuaginta traducía a menudo esta expresión con las palabras: πάϊς τοϋ Θεоϋ; (Pais Tou Teos) la palabra πάϊς significa a la vez, como la latina puer, servidor o niño; el paso de πάϊς, niño, a υίός, (uios) hijo, no ofrece dificultad, y en efecto se ha efectuado de los escritos judeocristianos, tales como los Hechos a las Epístolas paulinas; pero un examen atento de los textos de Pablo prueba que su pensamiento va mucho más lejos que este pobre equívoco verbal. Para confirmarlo basta recordar el célebre pasaje de la Epístola a los romanos (8: 32) donde se dice que Dios "no perdonó a su propio hijo, antes lo entregó por todos nosotros". Sin embargo, es necesario no olvidar que Pablo, justamente porque no sospechaba todavía los innumerables problemas teológicos que la noción de Hijo de Dios reservaba para el porvenir, puede muy bien no haberla entendido rigurosamente, y haberla empleado solamente como una aproximación que trata de expresar, sobre poco más o menos, mediante el establecimiento implícito de una analogía "en términos humanos", una relación "sobrehumana", para la cual no dispone de "vocablos adecuados".

De todos modos, debe descartarse la idea de una confusión entre el (Kurios Kurios) Señor y Dios; sería inconcebible en Pablo, que aún no piensa en la Trinidad. El Señor está bajo la dependencia de Dios (I Cor., "57 23) y le obedece "hasta la muerte" (Fil., 2. 8) y con sumisión total (I Cor., 15, 28). Toda la cuestión está, puede decirse, dominada por el texto de I Cor., 8, 6; helo aquí: "Para nosotros no hay más que un Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también." Así, por esencial y necesaria que sea la colaboración del Señor en las obras de Dios, el Señor no es el igual de Dios. Representa su Espíritu, porque nos dice claramente, II Cor., 3, 17, "el Señor es el Espíritu". Pablo no puede decirnos nada que relacione más estrechamente esos dos términos supremos, el Señor y Dios, y es la misma relación de intimidad que ha expresado en lenguaje humano al afirmar que el Señor es hijo de Dios, sin que esta expresión suponga realmente que hay en su pensamiento una teoría de la filiación, en el sentido estricto del término.

En rigor, para Pablo sólo el Señor representa una de las categorías de la creación, la más próxima a Dios y que puede calificarse de divina. Por otra parte, es cierto que, desde entonces, el dogma de la divinidad de Cristo está en marcha, porque la representación de Pablo parece demasiado indecisa, demasiado incompleta para ser estable, y porque la piedad de los fieles, indiferente a las dificultades, debe orientar enérgicamente su fe en el sentido de la identificación del Señor con Dios.

Sin insistir más aquí, ya que no es este el lugar, sobre concepciones teológicas, tanto más complejas cuanto que son inciertas por lo que hace a más de un punto, hemos dicho bastante para hacer comprender en qué se convirtió el Yeshua histórico por la acción de los mitos de la intercesión y de la salvación familiares al medio paulino, y repensados por el maestro de los gentiles en función de su teodicea rabínica. Helo aquí mudado en obrero universal de Dios, anterior al tiempo y al mundo, encarnación del Espíritu Santo —el cual constituye, por así decirlo, su esencia divina— ejecutor del gran designio de Dios tocante a la regeneración y la salvación de la humanidad.

Su muerte se convertía así en algo claramente inteligible: los hombres, agobiados bajo el peso de sus pecados, eran incapaces de elevarse hacia la claridad divina; Cristo quiso ofrecerles el medio; cargó con sus maldades y su suplicio infamante las expió. Entonces, para participar de sus méritos y merecer la gracia el día del juicio, convenía unirse a él, primero, por la confianza y el amor. El pretendido escándalo se convertía en el gran misterio, el fin, la razón de ser suprema de la misión de Yeshua, y Pablo decía justamente que toda su predicación no era más que un "discurso del madero". Los griegos podían comprenderlo y dejarse conmover, anulando todos los recuerdos reales del Yeshua histórico, elevaba todavía más de lo que los primeros discípulos hubieran podido creer la gloria de su Maestro.

Cambiaba enteramente la perspectiva y el sentido de su obra. Al mismo tiempo, ponía los fundamentos (1ª Cor 3:10) de una vasta especulación doctrinal, más que extraña, antipática al medio en que vivió Yeshua. Menos densa, menos complicada y, en suma, menos extravagante que los grandes sistemas sincretistas a los que Basilides o Valentín ligaron su nombre en el siglo II, la doctrina de Pablo les abría el camino; era ya una gnosis sincretista, una revelación compuesta.

Los paganos que llegaban a la fe por medio de la doctrina de Pablo, atravesando las sinagogas, o que abandonaban directamente sus antiguas creencias por ella, vivían en un medio en el que apenas se concebía una religión sin ritos. Los más conmovedores de esos ritos se relacionaban con la idea de la purificación y con la noción del sacrificio: sacrificio de expiación, destinado a calmar la ira divina, sacrificio de ofrenda, para ganarse el favor del dios, o sacrificio de comunión, por el cual los fieles de una divinidad se unían a ella e indicaban que formaban un cuerpo ante ella. Los discípulos originales de Yeshua, como buenos judíos, eran asiduos al

Templo y no pensaban, en verdad, que les hiciera falta otro culto fuera del que allí se celebraba; no obstante, prestaban importancia particular a la mikvé, cuya aceptación se convierte, en las Iglesias de la gentilidad, en señal de conversión. Al mismo tiempo, cuando se reunían en casa de alguno de los hermanos, "partían el pan juntos". Este acto, usual en Israel para la celebración del shabat y probablemente efectuado por Yeshua cuando comía con los discípulos, revestía ya para ellos el sentido de un símbolo de fraternidad; mas todo nos induce a creer que aún no establecían ninguna relación entre esa "fracción del pan" y la muerte de Yeshua, que no le adjudicaban, en ningún grado, el valor de un sacramento, que no atribuían ni su institución ni su repetición a una orden del Maestro.

Pablo sintió la necesidad de descubrir la significación profunda de esta práctica. La que encontró, vinculándola indisolublemente al drama de la Pasión redentora, lo llenó de la idea fecunda del sacrificio de expiación y de comunión, e hizo de ella el cumplimiento de un gran misterio, el memorial y el símbolo vivo, deseado por Yeshua, de la obra del madero. "El Señor—se dice en Cor. (11, 23 y ss.)—en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: Este cáliz es el Nuevo Pacto en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que Él venga."

Ningún rito de los Misterios paganos encerró nunca más sentido, ni más seductoras esperanzas, que la eucaristía paulina, pero era de la familia de los Misterios y no del espíritu judío; introducía en la doctrina un "trozo de paganismo". Los seguidores de Pablo la aceptaron, además, porque aportaba a su fe un mayor valor, y ése fue el tema inicial de una amplia especulación teológica, generadora de varios grandes dogmas.

Al mismo tiempo, la mikvé, convertido ahora en el rito bautismal adquiere una significación igualmente profunda. "Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados—escribe Pablo (Cal., 3, 27)— os habéis vestido de Cristo", es decir, que por el bautismo el cristiano se asimila a Cristo. Pablo no se atrevió jamás a decir que el bautismo hiciera del cristiano un Cristo, como el tauróbolo hacía del iniciado de Cibeles un Atis, pero la idea en que se apoya ese bautismo y la que justifica el tauróbolo se sitúan realmente en la misma perspectiva. Por el bautismo, el cristiano se "viste de Cristo" como de una vestidura sagrada y saludable; desciende simbólicamente a la muerte sumergiéndose en el río o en la pila bautismal, sale de ella después de tres inmersiones, como salió Cristo de la tumba al tercer día, y queda seguro de ser glorificado un día, si Dios lo quiere, como lo fue Cristo.

Sin embargo Pablo solo no fue quien inventó todo esto, que las Iglesias helenistas anteriores a él y, antes que ellas, tal vez, grupos de judíos sincretistas y gnósticos, habían preparado su obra y expuesto los temas principales de su especulación; por eso es exagerado sostener que él ha sido el único y verdadero fundador del cristianismo. Los auténticos fundadores del cristianismo son los hombres que establecieron la Iglesia de Antioquía, y apenas entrevemos los nombres de algunos de ellos; pero, aparte de la superioridad de una acción mucho más vasta y más precisa, Pablo tiene respecto de ellos, incontestablemente, la de la conciencia de su acción y de su alcance. No fundó solo el cristianismo, si se lo debe definir como la adaptación del mesianismo judío a la doctrina helénica de salvación, pero, sin él, tal vez no existiera el cristianismo. Por tanto yo lo definiría como no de los padres del cristianismo gentil, que nada tiene que ver con la visión original de nuestro Maestro, y creo que en eso todos estaremos de acuerdo.